Sí, creo.
Claro que no, por supuesto que no creo en el amor.
No creo en el amor desigual, de ese en el que uno quiere y
el otro se deja querer.
No creo en el amor sufrido, de los que dejan más cicatrices
que besos.
No creo en el amor atado, de los que desconfían y hunden.
No creo en el amor en el que no se quiere a la persona con
sus más y sus menos sino que se le quiere por lo que espera que sea.
No creo en el amor perfecto solo fuera de casa mientras
dentro ya no se besan, no se preguntan qué tal ha ido el día y ni se dicen lo
guapos que están hasta recién despertados.
No creo en el amor que esclaviza, 'para cuando vuelva de
trabajar espero mi plato en la mesa'.
No creo en el amor de color morado, ¿nunca os enseñaron que
a las mujeres no se les pega?
Pero claro que sí, creo en el amor.
Creo en el amor que nace en primavera, sin prisa y al aire
libre.
Creo en el amor sincero, donde las palabras pasan a un
segundo plano eclipsadas por los actos.
Creo también en el amor invertido, él hace la cena mientras
que ella termina de arreglar esa silla que no deja de cojear y al final,
canjean su trabajo por caricias.
Creo en el amor libre. No, infiel no, LIBRE. ¿Desde cuándo querer
a una persona implica convertirte en una propiedad?
Creo en el amor ideal, en el que se ve a la otra persona
como una parte de ti (anexa, nunca dependiente). Con quien desmontar el mito de
la otra pieza del puzzle y montar puzzles donde las piezas forman esas ciudades
que queréis visitar.
Creo en el amor eterno, con el que empezar y acabar una
vida.